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Conceptos prescindibles: meritocracia

Que el gobernador del Banco de Inglaterra sea un canadiense llevaba a pensar al diario de más tirada en el triunfo de la selección profesional por méritos. Nosotros dejaríamos abierta la posibilidad de que se le haya elegido por ser sólo uno de los más adecuados entre los disponibles. La meritocracia, el gobierno de los mejores, se ha instalado en el subconsciente colectivo como un principio laboral indiscutido pero ha sido tan manoseado por unos y por otros que a estas alturas de la crisis casi podríamos liberarnos de él.

Por una parte se asume que la empresa “tiene que” ser racional y democrática, lo que choca un poco con la realidad. Si nos pusierámos en el lugar del pequeño empresario actual o del parado que se lanza al emprendimiento es más probable que su modus operandi se rija por lo que puede o le da la gana. Con el tamaño la empresa puede ganar racionalidad y gana personajes que también quieren hacer lo que les da la gana, nada necesariamente perverso, visiones personales de lo mejor cuya implantación hay que negociar o batallar.

En esa lucha de intereses algunos grupos sociales se han apropiado del concepto meritocracia para defender sus intereses a nivel micro. Más en empresas familiares y empresas grandes y en determinados sectores se ha confundido a los mejores con “los nuestros”, la meritocracia del apellido, la casta o la riqueza de oportunidades disfrutadas, como dice el diario.

El concepto de meritocracia se ha apoyado para su engorde en otro grupo, el de los aspirantes, los que a falta de apellido se buscan un carnet o un abalorio, del que se convierten en voceros y defensores. Una meritocracia donde el mérito principal es el acceso a un club, a una pretendida élite o a una red, a la que se llega menos por méritos en el campo de batalla empresarial que por habilidad social y de la que se espera vivir.

Otros han evolucionado el concepto hacia una meritocracia retrospectiva. Está siendo más visible esta versión entre profesionales con problemas laborales recientes, como un juego “tú malo, yo bueno”, para justificar el fracaso con el empleador actual. Es la meritocracia como premio a unos méritos pasados o una trayectoria, que puede tranquilizar la conciencia de sus creyentes pero poco la de sus posibles empleadores, sobre todo los que necesitan profesionales con capacidades para crear más que para repetir.

La meritocracia ha patinado también por la parte conceptual. Los méritos y los mejores nunca han estado claros. Y luego, como todos los conceptos, tiene un problema de ejecución. Hemos conocido empresas donde el presidente contrataba a quien le parecía inteligente sin tener trabajo que ofrecerle mientras sus RH implantaban una política que empezaba por la planificación y valoración de puestos, los del Opus Dei sustituían a los que RH contrataba y el resto de directivos colaba sus primos y vecinos vía candidaturas ficticias y ETTs.

Cualquier reclutador también podría confirmar lo efímero del concepto. “Quiero el mejor o los mejores” es un aserto inicial de empleador que se desvanece en cuanto se le pide detalles sobre el perfil de esos mejores. En realidad sólo quieren “los más adecuados” a determinadas circunstancias o hasta caprichos.

Y luego hay un aspecto viejo en la meritocracia, vieja por pasiva. La idea de reclamación, de deuda colectiva con “los mejores” que subyace al concepto. Huele a era industrial y a prejubilación. Los “mejores” son los menos interesados en sus méritos y más en sus capacidades. Como reclutadores, el encargo más próximo a “los mejores” que hemos recibido, un grupo de menos de 32 años y cociente intelectual sobre el percentil 90 para una start-up tecnológica, fue un éxito de precisión según el empresario. Sólo uno de esos “mejores” seguía en la empresa a los 24 meses, con abandonos en cadena desde el tercer mes.

¿Qué pasaría si nos quedáramos sin meritocracia? Nada, es sólo una palabra, estresante para los mejores, siempre cuestionados, y descortés con los que no lo somos, mucho más tranquilos a partir de ahora, que sólo tendremos que ser los más adecuados. Y para eso hay muchas más oportunidades.

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