El directivo asediado
Tiene ojeras y bolsas en los ojos. Anda intentando controlar su descontrol pero se le escapan los síntomas de agotamiento por esfuerzos ineficaces. En situaciones donde debe reir, permanece a piñón fijo, con una responsabilidad nebulosa consigo mismo. Se encarga él mismo de la carga de trabajo que no sabe gestionar. Se distrae así de la realidad que no controla. Una realidad que le exige, le vocea, le asalta, le acusa. Niega las protestas de sus colaboradores: son vagos, así cualquiera, eso no es así, la puerta está abierta. Niega los esfuerzos de sus directivos: joder, para eso no los necesito, me abanderan la protesta de los empleados. Externaliza el problema: joder, es que los de la central ya podían haber…, joder, es que no puedo moverme, para mover un lápiz tengo que pedir permiso…. Externaliza la solución: joder, es que se lo he pasado a los abogados y no sé qué esperan…, joder, alguien tiene que decirles que esto no es así, alguien tiene que pararlos… Busca orejas para su lamento, falsamente coherente. Un artista de la queja. La solución, otro día. Y la situación sigue, impenetrable, oscura, agrandándose. Para lo que me queda… Poco mal y buena muerte, capear el temporal, ya vendrá otro. Lo que te queda ¿para qué? ¿Para que te arrasen? Quítate del medio, que no te quemen toda la vida laboral que te queda. Salva la última dignidad. Ofrécete, insinúate. Una salida digna, un deputy con futuro, un puesto de asesor-formador-desarrollador de negocio-consultor, busca el sustituto, prepáralo, véndelo.
